A los sentimientos, conversaciones e intuiciones que han detonado este conjunto de piezas se han sumado ciertas lecturas convergentes que no pueden resumirse en este espacio. Pero entre todas, y por su valor de guía hacia otras búsquedas complementarias, debo citar este artículo que encontré accidentalmente entre los depósitos inagotables de internet: “El valor emocional de la experiencia paisajística. Querencias y paisajes afectivos” escrito por Paloma Puente Lozano*, Doctora en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid; del que me gustaría subrayar al menos estos párrafos:


Los “paisajes afectivos” están fundamentalmente definidos por una “resonancia”, una suerte de eco o tráfago (bidireccional) en que el paisaje activa en el individuo una fuerte evocación, y éste a su vez consigue “hacer hablar al paisaje”. El individuo queda, así, inmerso en una compleja dinámica de ausencias y presencias, de memoria y olvido, de consonancia y disonancia entre los paisajes reales que éste recorre y los paisajes imaginados, soñados o anhelados a partir de éste primero.


De alguna manera, los “paisajes afectivos” son la expresión geográfica y la concreción material y simbólica de nuestras querencias; es decir, aquellos parajes a los que, con la imaginación, el cuerpo o la memoria, siempre volvemos y que son el “principio de orden” (y quizás, de “esperanza”) de nuestras, a menudo, desordenadas identidades. Los paisajes afectivos son la marca del regreso, o, precisamente al revés, la constatación de la imposibilidad del regreso, pues, como afirma Massey, D.: “la comprensión del carácter radicalmente dinámico del espacio implica entender que no es posible ‘volver a casa’”, o al menos no podemos hacerlo “si imaginamos el hogar como un sitio perdurable a partir de dónde venimos” (MASSEY, D., 2000, 230). Los “paisajes afectivos” son, pues, la medida de nuestras huidas y de nuestras fidelidades, y, al cabo, la referencia de todas nuestras distancias, nuestra “métrica” más personal.





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* “El valor emocional de la experiencia paisajística. Querencias y paisajes afectivos”. Paloma Puente Lozano. Cuadernos Geográficos (E U de Granada)

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He pasado tantos días en este lugar, salpicados a lo largo de muchos años,  y los he disfrutado tan extraordinariamente, que puedo sentirlo como algo propio. Lo reconozco como una geografía asociada, de forma indisoluble, a un conjunto de experiencias muy personales. Así que estos acantilados son para mí, sin duda, un paisaje afectivo.


Allí he tenido mucho tiempo para pensar, divagando y escribiendo. He dibujado y he fotografiado con la vista perdida o con suma atención por los pequeños detalles sin llegar a plantearme un proyecto creativo hasta las más recientes estancias y emociones. Estas, disfrutadas en agosto de 2020, se han cruzado casualmente con ciertas conversaciones y lecturas en torno a los procesos creativos, provocando el detonante para construir un conjunto de piezas que dan forma a mis actuales intuiciones sobre el lugar, la emoción y sus posibles representaciones.
















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